CAPÍTULO 3
Shelton había añadido tres líneas a su registro.
05:12. Dos golpes. Pausa larga. Uno.
06:03. Vibración leve en el conducto norte.
07:26. Arrastre. Más profundo que ayer.
Dalton comparó la hoja con el diagrama acústico de La Ciudadela. Los sensores no mostraban fallos en las tuberías ni trabajos de mantenimiento cerca de los puntos señalados.
—¿Sigues pensando que están dentro de tu cabeza? —preguntó.
—Empiezo a preferirlo. Al menos ahí no podrían entrar sin pedir permiso.
Dalton abrió el expediente de Dakita Rhos Maraven. El traslado al Nivel 9 seguía sin responsable. Esta vez buscó los registros acústicos de los sectores por los que había pasado.
ACCESO RESTRINGIDO.
—N.O.R.A., autoriza la consulta.
—Los archivos no son necesarios para la seguridad operativa actual.
—Eso lo decido yo.
—La restricción fue aplicada antes de su solicitud.
—¿Por quién?
La pantalla mantuvo la misma frase. Shelton dejó de sonreír.
Dalton solicitó solamente fechas y ubicaciones. N.O.R.A. permitió una lista incompleta: durante las últimas cuarenta y ocho horas, varios sensores cercanos al Nivel 9 habían registrado pulsos breves. Las horas coincidían con dos anotaciones de Shelton.
—Dijiste que no existía relación verificada —recordó Dalton.
—La coincidencia temporal no demuestra un origen común.
—Tampoco lo descarta.
Guardó una copia local antes de que el archivo volviera a cerrarse.
—Sigue registrando todo —le indicó a Shelton—. Hora, duración y lugar.
—Mei Lin dijo lo mismo.
—Entonces por una vez dos personas sensatas están de acuerdo contigo.
Shelton dobló su hoja.
—Eso ha sido casi afecto.
La música los alcanzó desde el sector civil. Un violonchelo eléctrico sostenía una nota grave mientras una guitarra respondía con pulsos cortos y precisos.
Virginia James ensayaba junto a un hombre delgado que sujetaba una guitarra azul cobalto de siete cuerdas. Al verlos, detuvo el arco.
—Shelton, él es Min Taka. Min, el hombre que considera sospechoso cualquier sonido con intención artística.
Min inclinó la cabeza.
—Los ruidos nocturnos —dijo—. ¿Mantienen el mismo ritmo?
Shelton miró a Virginia.
—¿Todos aquí conocen mi insomnio?
—Solo quienes intentamos formar una banda bajo una estructura metálica —respondió ella—. El lugar tiene buena acústica y pésimas sorpresas.
Min tocó tres notas. Esperó y repitió dos.
—No es eso —dijo Shelton—. Se parece más a alguien probando una puerta sin querer que lo escuchen.
Virginia levantó otra vez el arco.
—Cuando descubras qué instrumento toca, lo invitamos.
Min retomó la secuencia. Virginia entró después, dejando que el violonchelo se deslizara por debajo de la guitarra. Durante unos segundos el acero dejó de parecer una jaula y se convirtió en una caja de resonancia. Varias personas redujeron el paso al cruzar el corredor. Una niña se sentó contra la pared para escuchar.
—Dos músicos y ya tienen público —dijo Shelton.
—Tres —corrigió Virginia—. Tú llevas aquí más tiempo que nadie.
—Estoy esperando que mejore.
Min no apartó los ojos de las cuerdas.
—Entonces seguirás con nosotros.
Shelton abrió la boca para responder, pero el arco descendió y la nota grave cubrió su protesta. Por primera vez desde que había empezado a oír los golpes, dejó de buscar un patrón en cada sonido.
El suelo vibró antes de que pudiera terminar la primera nota.
No fue un golpe en los conductos. La sacudida subió por las piernas y tensó las cuerdas de la guitarra. Una lámpara osciló sobre ellos.
Min apoyó la palma en la pared.
La segunda vibración llegó doce segundos después.
—Eso venía de arriba —dijo.
Las luces parpadearon.
—Comandante Dalton —anunció N.O.R.A. por los altavoces—. Se requiere su presencia en la sala de mando.
Dalton ya corría.
Sara había desplegado un mapa de la superficie cuando él entró. Varios puntos rojos rodeaban el perímetro oculto de La Ciudadela. Shelton llegó detrás, todavía con la hoja en la mano.
—Informe —ordenó Dalton.
—Patrones compatibles con detonaciones controladas —respondió N.O.R.A.—. El primer evento confirmado ocurrió a las 08:19.
—¿Movimiento sísmico?
—Descartado.
Sara amplió el mapa. Los puntos no avanzaban hacia una entrada; se desplazaban en líneas separadas, detonaban y esperaban.
—Están midiendo la respuesta del terreno —dijo.
Otra explosión sacudió la sala. En la pantalla apareció una deformación breve sobre el corredor norte.
Shelton extendió su registro.
—Ese sector coincide con los golpes de las cinco.
Dalton superpuso las horas y ubicaciones liberadas del expediente de Dakita. Dos marcas quedaban cerca del mismo corredor. No demostraban que alguien hubiera estado allí. Demostraban que N.O.R.A. sabía más de lo que había dicho.
—Compara estos pulsos con las detonaciones actuales.
—La potencia no es equivalente.
—No pregunté por la potencia.
La inteligencia tardó en responder.
—Existe una semejanza parcial en los intervalos de propagación.
—¿Origen común?
—No verificable.
Dalton recordó salas sin ventanas, informes de IDD sin nombres y ejercicios donde el objetivo no era abrir una instalación, sino obligarla a delatarse. Alarmas. Cambios de energía. Transmisiones. Personas corriendo hacia sectores protegidos. Una reacción podía dibujar lo que el concreto ocultaba.
Había pasado años apartando aquellos recuerdos. No porque los hubiera perdido, sino porque recordarlos significaba aceptar cuánto de IDD seguía vivo dentro de él.
En uno de aquellos ejercicios, una instalación vacía había permanecido invisible durante seis horas. Bastó una detonación falsa para que el sistema automático encendiera generadores de respaldo. El calor expulsado por los conductos reveló la planta completa. Nadie había necesitado derribar una puerta.
Dalton había firmado el informe final. Había elogiado la eficacia del método. Después decidió no volver a pensar en las personas que podían vivir al otro lado de una señal térmica.
Llevó dos dedos detrás de la oreja. Bajo la piel, el dispositivo JumpMind permanecía tan silencioso como siempre.
—¿Qué buscan? —preguntó Sara.
Dalton retiró la mano.
—Puede que no lo sepan todavía.
N.O.R.A. mostró imágenes incompletas obtenidas por sensores exteriores: firmas térmicas, un vehículo y equipo capaz de dirigir explosiones hacia puntos específicos.
—Carga hueca —informó—. Probabilidad elevada de personal entrenado.
—¿Militares? —preguntó Shelton.
—No existe identificación suficiente.
—Pero no son supervivientes golpeando una puerta —dijo Sara.
—Tienen recursos y método —respondió Dalton—. Eso es lo único que podemos afirmar.
Una nueva detonación alcanzó el sector occidental. Durante un segundo se interrumpió la ventilación auxiliar. Al reanudarse, el mapa había ganado otra marca roja, más cerca de uno de los accesos exteriores.
—Están cerrando el perímetro —dijo Sara.
Dalton pidió una evaluación de objetivos posibles. N.O.R.A. enumeró refugio, suministros, infraestructura y antiguos activos de IDD. La última categoría quedó suspendida frente a él.
—¿Saben que estás aquí? —preguntó Shelton.
—No.
—Has respondido demasiado rápido.
Dalton no explicó el dispositivo ni las operaciones que había presenciado. Si la fuerza exterior buscaba tecnología de IDD, la presencia de JumpMind convertía La Ciudadela en algo más valioso que un refugio. Si no lo buscaba, revelar esa posibilidad solo sembraría otra clase de miedo.
—Prepara equipos en los accesos —ordenó—. Sin contacto exterior. Sin disparos. Quiero cada variación de energía registrada.
—¿Activamos la alarma general? —preguntó Sara.
Dalton observó los puntos rojos. Una instalación que permanecía inmóvil podía parecer abandonada. Una que sellaba compuertas, redistribuía energía y llenaba corredores de guardias confirmaba población, mando y capacidad defensiva.
Pero esperar también podía dejar abiertas las rutas que estaban buscando.
—Alerta interna silenciosa —decidió—. Cierre por sectores. El área médica y los niveles civiles quedan aislados de los accesos.
—Eso confirmará que hay alguien dentro —advirtió Sara.
—Ya han medido la ventilación y la resistencia del terreno. Si dejamos una ruta abierta, la usarán mañana o dentro de una hora.
Shelton señaló la marca junto al corredor norte.
—Puedo revisar ese acceso con el equipo de seguridad.
—Lo harás desde el interior de la segunda compuerta. Nadie sale.
—Aún no sabemos si quieren hablar.
—Quien quiere hablar no empieza preguntándole al concreto con explosivos.
N.O.R.A. solicitó autorización para emitir una advertencia exterior. Dalton la negó. Una transmisión confirmaría actividad, tecnología operativa y una cadena de mando capaz de responder.
Las órdenes corrieron por la consola. Puertas interiores descendieron. Los sistemas de ventilación cambiaron de circuito. Equipos de seguridad comenzaron a desplazarse.
En la superficie, las detonaciones cesaron.
Sara recorrió el mapa.
—Se detuvieron.
Ningún punto rojo avanzó. Tampoco se retiraron.
Dalton revisó la secuencia: explosión, vibración, cierre, redistribución de energía. Cada reacción de La Ciudadela había entregado una medida distinta de su interior.
Entonces comprendió el error.
—No intentaban entrar —dijo.
Shelton sostuvo su hoja con más fuerza.
—¿Qué estaban haciendo?
Dalton contempló las compuertas selladas y el corredor que acababan de proteger.
—Provocándonos.
—¿Para localizar la entrada?
—Para descubrir cómo reaccionamos.
Sobre el mapa, los puntos rojos permanecieron inmóviles, como si al otro lado alguien estuviera observando la respuesta obtenida.
El ataque no había empezado.
Aquello había sido la pregunta.
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