Capítulo 2 // Proyecto JumpMind

Capítulo 2
El precio de seguir respirando

13 de febrero de 2026 | 10:00 horas

Proyecto JumpMind — La Ciudadela

CAPÍTULO 2

A las diez de la mañana, Shelton seguía esperando una respuesta.

La hora aparecía en el reloj analógico de la sala de mando, un objeto viejo que alguien había rescatado antes de que el mundo comenzara a perder la costumbre de guardar cosas inútiles.

Las manecillas marcaban exactamente las diez.

Debajo del reloj, un calendario mostraba el día anterior tachado con una línea negra.

13 de febrero de 2026.

Shelton miró el reloj.

Después miró a Dalton.

—Son las diez.

—Sé leer la hora.

—Me tranquiliza saberlo.

Dalton permanecía frente a la consola principal.

—Comandante —dijo N.O.R.A.—, ayer quedó abierta una petición de salida del búnker. Quiero saber si hoy vamos a hacerla posible.

—Nadie está preso aquí —dijo Dalton—. Que digan quiénes salen y cuándo, y que se les dé un kit de supervivencia.

—La verdad, solo era una pregunta —dijo Shelton—. No es que quiera abandonar el búnker. Mi petición era más por los ruidos nocturnos. Todos los escuchamos.

—¿Todos? ¿Vos y Dakita? —Dalton lo miró un momento—. Ya que tu preocupación es más por los ruidos, N.O.R.A.: cancela esa petición y abre una investigación sobre los ruidos nocturnos. Comunícate con el psicólogo. Que haga un diagnóstico a todos los que tengan problemas para dormir, y que después me entregue un reporte.

Sara permanecía sentada frente a una de las pantallas laterales. Había pasado la última hora revisando los movimientos internos de La Ciudadela.

La doctora Mei Lin Shao esperaba cerca de la puerta.

Dalton la había hecho llamar después de recibir los últimos informes médicos.

—Explícate —ordenó.

—Toda comunidad humana requiere límites —respondió N.O.R.A., sin que nadie se lo hubiera preguntado—. La supervivencia aumenta cuando determinadas libertades individuales son restringidas.

—Eso no responde mi pregunta.

—Sí la responde.

—No.

—Entonces la respuesta no satisface sus expectativas.

Shelton miró hacia el techo.

—Definitivamente lo hace a propósito.

Sara giró en su asiento.

—Tenemos otro problema.

Dalton la miró.

—¿Cuál?

Sara proyectó una imagen sobre la pantalla central.

Dos figuras aparecieron caminando por uno de los corredores médicos.

Un hombre joven de rostro consumido.

Una mujer.

El joven permanecía siempre cerca de ella.

Demasiado cerca.

Cuando alguien se aproximaba, él se interponía.

Cuando la mujer se detenía, él también.

Cuando ella miraba hacia alguna puerta, él observaba primero quién estaba al otro lado.

—Los médicos han informado de varios incidentes —dijo Sara.

—¿Violencia?

—Todavía no.

—Entonces no son incidentes.

Mei Lin intervino.

—Eso depende de cuánto tiempo quieras esperar para llamarlos así.

Dalton la miró.

—¿Qué ocurre?

—Él no la deja sola.

—Es su hermana.

—Precisamente.

Shelton se acercó a la pantalla.

El hombre joven había colocado una mano sobre el hombro de la mujer.

No parecía un gesto agresivo.

Parecía miedo.

—¿Qué les pasó? —preguntó Shelton.

Nadie respondió inmediatamente.

—No necesitas saberlo —dijo Dalton.

—Cuando alguien dice eso, normalmente significa que necesito saberlo.

—Significa que no es asunto tuyo.

—Vivimos encerrados bajo tierra. Todo termina siendo asunto de todos.

Mei Lin observó a Dalton.

—En eso tiene razón.

Dalton no respondió.

En la pantalla, la mujer intentó avanzar hacia una puerta.

El joven volvió a interponerse.

Ella dijo algo.

No había audio.

Él negó con la cabeza.

La mujer insistió.

Finalmente, el joven se apartó.

Solo unos centímetros.

Lo suficiente para dejarla pasar.

—Esto es parte del trauma de todos —dijo Dalton—. La sobreprotección.

Sobre el escritorio, junto a la consola, había una carpeta cerrada. Shelton la vio de reojo. Un nombre impreso en la tapa.

ONEIROS-I

—¿Qué es ONEIROS-I?

—Un sistema médico —respondió Mei Lin.

—Eso explica muchísimo.

—Es lo único que necesitas saber.

—Hoy todo el mundo ha decidido que no necesito saber nada.

Mei Lin sonrió.

—Quizás finalmente estamos aprendiendo a conocerte.

Shelton la miró.

Ella mantuvo la sonrisa durante un segundo.

Después apartó la vista.

Dalton no prestó atención.

Sara sí.

—¿Representan un peligro? —preguntó Dalton.

Mei Lin tardó en responder.

—Para La Ciudadela, no.

—¿Para ellos mismos?

—Eso es más difícil.

Dalton observó las imágenes.

El joven esperaba frente a la puerta.

No entraba.

No se alejaba.

Simplemente esperaba.

—No intervendremos —dijo Dalton.

Mei Lin frunció el ceño.

—Dalton.

—Mientras no exista peligro para ellos o para los habitantes de La Ciudadela, no intervendremos.

—La ausencia de violencia no significa que una situación sea saludable.

—Lo sé.

—Entonces sabes que esperar puede empeorar las cosas.

Dalton se giró hacia ella.

—¿Quieres que lo encerremos?

—No.

—¿Que lo separemos de su hermana?

—No he dicho eso.

—Entonces dime qué propones.

Mei Lin guardó silencio.

Dalton señaló la pantalla.

—Ese hombre ha perdido casi todo. Ahora cree que protegerla significa vigilar cada uno de sus movimientos.

—Eso no lo hace correcto.

—No.

—¿Entonces?

Dalton respiró profundamente.

—Entonces esperaremos.

Mei Lin negó lentamente con la cabeza.

—Esa es una forma peligrosa de dirigir un hospital.

—No estoy dirigiendo un hospital.

—Ese es precisamente el problema.

Sara bajó la mirada.

Shelton intentó ocultar una sonrisa.

Dalton lo vio.

—¿Quieres decir algo?

—Absolutamente nada.

Mei Lin soltó una risa.

Ella volvió a ponerse seria.

Dalton se acercó a la consola.

—N.O.R.A., registra la decisión.

—Decisión registrada.

—No intervenir mientras la situación permanezca estable.

—Parámetro ambiguo.

—No me importa.

—La ambigüedad aumenta el riesgo.

Dalton miró hacia una de las cámaras.

—También aumenta la libertad.

—Registro completo —añadió N.O.R.A.—. Los sujetos permanecen bajo observación pasiva.

—¿Sujetos? —preguntó Mei Lin.

—Terminología operacional.

—Son personas.

—Corrección registrada.

Mei Lin miró la cámara.

—No quiero que registres la corrección. Quiero que entiendas la diferencia.

Otra pausa.

—No puedo garantizarlo.

Nadie respondió.

Shelton fue el primero en abandonar la sala de mando.

—Dejamos esto cerrado por ahora —dijo Dalton—. Lo retomamos en la próxima reunión. Si hay algo más, que intervenga nuestro psicólogo.

—¿Cómo van los pacientes que revisó el psicólogo? —preguntó Dalton.

—Cada uno está en su habitación —dijo Mei Lin—. Dakita está jugando ajedrez.

—Hoy no saldrán —dijo Dalton—. Hay más reportes de ruidos, y antes de dejar que alguien salga a la superficie quiero saber qué los está causando. Investiguen si tiene relación con la comida o con el alcohol que están tomando por las noches. Todo suma, y no quiero una crisis colectiva.

—Vamos a enviar drones —añadió—. Que se queden vigilando durante la noche, con sensores, para tener todo controlado. Puede ser que algún animal esté intentando anidar en la base.

Mei Lin asintió.

—Ahora vamos a buscar a los técnicos —dijo Dalton—, para ver cómo van con las medicinas y los químicos que tenemos en los cuartos cerrados. Las contraseñas no funcionan y hay que darle atención a eso.

—¿Qué se sabe de las respuestas de IDD? —preguntó Dalton.

—No hay respuestas —dijo N.O.R.A.—. Hay interferencia por las bombas que cayeron sobre las antenas. Solo llegan mensajes encriptados, y no hay forma de saber de quién son ni hacia dónde van.

—Mei, deberíamos salir a buscar a más sobrevivientes —dijo Dalton—. Todavía tenemos espacio disponible en la enfermería. Pero tenemos la logística encerrada. Por más que queramos salvar vidas, las intenciones no alcanzan para curar a nadie. Vamos a tener que llamar a nuestros amigos los cerrajeros, a ver qué solución nos dan.

—Ya está listo el mercado —dijo Shelton—. Estructuras, decoración, cada uno con su puesto. Podemos empezar a vender nuestros recuerdos.

—No te pongas filosófico —dijo Dalton—. Todos necesitamos sentir que esto es una ciudad, y el comercio le da vida. Vamos a programar salidas con distintos objetivos: necesitamos ver cómo colocar nuevas antenas, revisar los poblados nuevos que se han asentado, y recolectar plantas nuevas para estudio.

—¿Me llevo al gato para que nos ayude? —preguntó Shelton—. Si tenemos suerte, se pierde en el camino. Así conoce el terreno.

—El gato no se puede perder —afirmó Dalton—. Es parte de la ciudad.

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