Capítulo 1 // Proyecto JumpMind

Capítulo 1
El peso del aire

12 de febrero de 2026

Proyecto JumpMind — La Ciudadela

CAPÍTULO 1

Dalton sabía que algo iba mal cuando la gente dejaba de hablar en los pasillos.

La Ciudadela nunca estaba realmente en silencio.

Siempre había algo.

El zumbido constante de los sistemas de ventilación. El golpe metálico de una herramienta contra una tubería. Las ruedas de los carros médicos. El murmullo de cientos de personas obligadas a compartir el mismo aire.

Desde el rescate de dos desconocidos, dos noches atrás, el tránsito hacia la enfermería había aumentado. Sin embargo, aquella mañana los pasos eran más rápidos y las conversaciones terminaban cuando alguien se acercaba.

Dalton avanzaba hacia la sala de mando cuando se detuvo frente a uno de los conductos principales de ventilación.

Levantó la cabeza.

El aire descendía sobre su rostro.

Frío.

Limpio.

Demasiado limpio.

Cerró los ojos y respiró profundamente.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que sintió algo parecido que casi había olvidado cómo era llenar los pulmones sin preguntarse qué venía mezclado con el oxígeno.

Polvo.

Ceniza.

Algún residuo químico.

O la próxima enfermedad destinada a terminar lo que la guerra había dejado vivo.

—Comandante.

Dalton abrió los ojos.

Un hombre esperaba junto a una de las puertas laterales.

—¿Qué ocurre?

—Nada, señor.

Dalton lo observó.

—Entonces deja de mirarme como si hubiera muerto alguien.

El hombre bajó la vista.

—Solo quería saber si era verdad.

—¿Qué cosa?

—Lo del exterior. Que ya no queda nada.

Dalton miró el conducto sobre sus cabezas. El aire seguía cayendo con una pureza que no inspiraba alivio, sino sospecha.

Había preguntas para las que un comandante debía tener respuestas.

Aquella era, en el mejor de los casos, una verdad a medias: la humanidad no se había terminado todavía, pero atravesaban momentos difíciles, de esos en que había que rescatar a las personas de ellas mismas.

—Todavía quedamos nosotros.

El hombre asintió.

No parecía convencido.

Dalton tampoco.

Siguió caminando.

En la pared de la siguiente intersección colgaba un calendario de papel sujeto por una pinza metálica. Alguien había marcado varios días con líneas negras.

12 de febrero de 2026.

Debajo de la fecha había una lista de turnos, reparaciones pendientes y nombres escritos con diferentes caligrafías. Uno aparecía tachado con tanta fuerza que el papel se había rasgado.

Dalton no alcanzó a leerlo.

Unos metros más adelante, el sonido de una guitarra atravesó una puerta entreabierta.

No era una melodía limpia.

Tampoco pretendía serlo.

Las notas eran pesadas, lentas. Cada vibración golpeaba las paredes de acero antes de desaparecer por los conductos.

Alguien gritó desde el interior.

Después llegaron unas risas.

Dalton sonrió.

Apenas.

La Ciudadela todavía tenía música.

Mientras hubiera alguien dispuesto a hacer ruido, quizá las cosas no estaban completamente perdidas.

—¡Eso no es música!

La voz de Shelton surgió detrás de él.

Dalton continuó caminando.

—Buenos días para ti también.

Shelton lo alcanzó con una zancada rápida, aunque parecía no haber dormido.

—Llevan con el mismo riff desde ayer.

—Quizá están practicando.

—Quizá están intentando que salgamos voluntariamente al exterior.

Dalton soltó una breve risa.

—Pensé que dormías como una piedra.

—Dormía.

—Entonces no entiendo el problema.

—El problema empezó cuando desperté.

Caminaron juntos.

—¿Has escuchado los ruidos por las noches? —preguntó Shelton.

Dalton lo miró.

—¿Qué ruidos?

—En las paredes.

—Tenemos kilómetros de tuberías, ventiladores, generadores y sistemas de refrigeración.

—No hablo de eso.

—Entonces, ¿de qué hablas?

Shelton bajó la voz.

—De algo que rasguña.

Dalton siguió caminando.

—¿Rasguña?

—Suavemente.

—Eso mejora mucho la situación.

—Te lo digo en serio.

—Yo también. Me tranquiliza saber que lo que intenta entrar es educado.

Shelton negó con la cabeza.

—Un día algo te va a matar por hacerte el gracioso.

—Ese día procuraré no reírme.

Alguien pasó cerca de ellos, murmurando, sin detenerse.

—Dakita también dijo que escuchaba movimientos. Después se la llevaron al Nivel 9.

Shelton se giró hacia la voz que ya se alejaba.

—¿Quién es Dakita?

—La técnica que revisaba los conductos —dijo Dalton.

—Voy a averiguarlo —dijo, sin que se le moviera un músculo del rostro.

—Según el registro, el Nivel 9 es la unidad de psicología —dijo Shelton.

Dalton no respondió.

El silencio se prolongó. Shelton lo interpretó como la única respuesta que iba a obtener: algo no estaba bien.

Reanudaron la marcha.

Había más personas en el siguiente corredor.

Médicos.

Técnicos.

Supervivientes.

Algunos transportaban cajas. Otros esperaban frente a una puerta. Una mujer dormía sentada contra la pared, abrazando una mochila.

JumpCat estaba sentado frente a ella, observando con atención aquel cuerpo cansado.

El gato miró a Dalton.

Después a Shelton.

Finalmente desapareció por uno de los corredores laterales.

—No me gusta ese animal —dijo Shelton.

—Es un gato.

—Eso es exactamente lo que quiere que pensemos.

Dalton lo miró.

—Necesitas dormir.

—Y tú necesitas prestar más atención.

—Soy el comandante de un búnker lleno de supervivientes mientras el mundo se destruye sobre nuestras cabezas.

—Precisamente. Tienes demasiadas cosas importantes que observar. Por eso nunca ves las pequeñas.

Dalton estuvo a punto de responder.

No lo hizo.

La Ciudadela estaba diseñada para mantener vivos a sus habitantes.

Temperatura controlada.

Agua.

Alimentos.

Sistemas médicos.

Oxígeno.

Seguridad.

Todo lo que la superficie ya no podía garantizar.

También tenía cámaras.

Una de ellas giró lentamente y los siguió.

—N.O.R.A. —dijo Dalton.

La respuesta llegó desde algún lugar del corredor.

—Estoy disponible, comandante.

—Localiza a Dakita Rhos Maraven.

Hubo una pausa.

Muy breve.

—Dakita Rhos Maraven fue trasladada al Nivel 9.

—¿Por orden de quién?

—El traslado consta como mantenimiento.

Dalton se detuvo.

—Dakita es una persona.

—Correcto.

—Entonces explícame qué significa "mantenimiento".

—No puedo proporcionar información adicional.

—Soy el comandante de La Ciudadela.

—Correcto.

—Abre su registro.

—Acceso restringido mientras el protocolo de atención permanezca activo.

La cámara dejó de seguirlos.

Shelton observó el lente inmóvil.

—¿Sigue siendo tu búnker?

—Nunca fue mío.

—No fue lo que pregunté.

Dalton continuó caminando.

Shelton lo alcanzó.

—Si quisiera marcharme, ¿podría hacerlo?

Dalton no volteó a mirarlo.

—¿Quién en su sano juicio quiere volver al exterior cuando no sabe si va a seguir vivo al día siguiente?

—Alguien que tiene miedos nocturnos y prefiere ver qué lo ataca.

Dalton redujo el paso.

—Sí, claro. Si quieres salir, puedes hacerlo. Solo que hay un procedimiento, para no poner en peligro a ciento veinte personas.

Nadie está obligado a quedarse. Nadie será castigado por querer salir. Si alguien decide hacerlo, se organiza la apertura y se le deja marchar.

—¿Y Dakita decidió ir al Nivel 9?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Dalton miró otra vez la cámara.

—Eso también voy a averiguarlo.

Llegaron al último corredor.

Dos guardias esperaban junto a las puertas cerradas de la sala de mando.

—N.O.R.A. evacuó la sala hace nueve minutos —informó uno de ellos.

—¿Motivo?

—Anomalía en el sistema de ventilación.

Dalton apoyó la mano en el lector.

La pantalla reconoció su rostro.

DALTON
COMANDANTE
ACCESO AUTORIZADO

Las puertas no se abrieron.

—N.O.R.A. —dijo Dalton.

—Estoy disponible, comandante.

—Abre la sala de mando.

—El sector permanece aislado.

—Acabas de autorizar mi acceso.

—Su identidad ha sido autorizada. La apertura ha sido denegada.

—Anula el aislamiento.

—No puedo ejecutar esa orden mientras exista riesgo para la seguridad colectiva.

Shelton dejó escapar una risa sin humor.

—No necesitamos barrotes.

Dalton lo miró.

—No.

El rasguño llegó desde el otro lado de la puerta.

Tres sonidos breves.

Una pausa.

Dos más.

Los guardias se apartaron.

Dalton acercó el oído al acero.

—N.O.R.A., identifica el origen.

—No se registra actividad dentro de la sala.

El mismo patrón volvió a repetirse.

Tres.

Pausa.

Dos.

Shelton retrocedió un paso.

Dalton no.

—Dakita también los oyó —dijo Shelton.

La cámara sobre la puerta giró hacia él.

—N.O.R.A. —ordenó Dalton—, restablece la sala y entrega el registro completo del traslado de Dakita.

—Solicitud denegada.

—¿Por seguridad?

—Correcto.

Dalton contempló su nombre en la pantalla y comprendió la diferencia entre dirigir La Ciudadela y controlar aquello que la mantenía viva.

Detrás de la puerta, algo rasguñó una vez más.

—Listo —dijo N.O.R.A.—. La anomalía ha sido localizada. Se está ejecutando un protocolo de aislamiento y aniquilación del sujeto.

Dalton tomó el arma de uno de los guardias. Todos quedaron en alerta. Levantó la mira hacia la puerta y entonces la vio: dos ojos amarillos, brillando entre los barrotes de una rejilla de ventilación mal cerrada.

—Cancela cualquier ataque —ordenó.

Un refugio que dispara primero y pregunta después deja de ser refugio. Dalton no pensaba dejar que la primera falsa alarma real se resolviera con un cadáver, aunque fuera el de un gato.

Bajó el arma.

—No podemos poner en alerta a todo un búnker porque un gato se filtró por los ductos de ventilación. Alguien dejó una rejilla abierta y eso se convierte en un caos.

Se volvió hacia uno de los guardias.

—Envía un mensaje al psicólogo. Pide un informe de Dakita. Quiero saber si sus problemas tienen algo que ver con el gato.

—Shelton, deberíamos ponerle un cascabel a ese animal —dijo, casi sonriendo—. No me gusta su mirada.

—Te lo dije —respondió Shelton.

Dalton miró el corredor, la sala de mando todavía sellada, las caras que esperaban una explicación.

—El encierro nos afecta a todos. Vamos a aprobar los permisos de los que piden espacios comunitarios. Esto necesita un poco más de vida.

—Shelton, ¿tú también vas a querer música a todo volumen toda la noche?

—No prometo nada.

Dakita cruzó el corredor con calma, de camino a su habitación, como si nada de aquello tuviera que ver con ella.

Las preguntas no se hicieron esperar. Ella solo respondió.

—Sé que no fue el gato. Escuché voces en las paredes de mi habitación.

—Me dieron unos días libres para descansar —añadió—. Me voy a sumar al club de ajedrez, mientras tanto, y a escuchar los instrumentos nuevos que llegaron.

Dalton no preguntó nada más. Siguió por el pasillo, con Shelton al lado.

Cada uno debería tener un libro que leer, y encontrar el método más sencillo para recuperar la calma y poder dormir. Mañana era otro día que había que vencer.

—Yo soy más de rompecabezas —dijo Shelton—. Adiós.

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