CAPÍTULO 4
Durante la noche, los cinco puntos rojos no se habían retirado.
A las 10:43, N.O.R.A. interceptó una transmisión de menos de dos segundos. La grabación era casi estática, pero debajo del ruido sobrevivían una clave de escuadra y una orden de aproximación.
Dalton la escuchó tres veces.
—Código táctico de IDD —dijo.
No era una contraseña aislada. La voz había identificado primero al jefe de unidad, después la posición y por último una ventana de entrada. Ese orden pertenecía a manuales que Dalton había utilizado antes del colapso. Un grupo de supervivientes podía robar uniformes y armas. Era mucho más difícil robar una disciplina practicada durante años.
Sara amplió una imagen obtenida por una cámara exterior. En el hombro del hombre que encabezaba la formación aparecía una insignia cubierta a medias con pintura negra. Las líneas borradas aún dibujaban el emblema de una unidad de penetración.
—Entonces son militares —dijo Shelton.
—Lo fueron —corrigió Dalton—. No sabemos para quién trabajan ahora.
N.O.R.A. comparó sus armas con el archivo incompleto de IDD. Tres modelos coincidían con equipamiento asignado a operaciones de captura tecnológica. El detector que transportaban no buscaba alimento ni agua: medía cavidades, consumo eléctrico y emisiones de corto alcance.
—No vienen por refugio —dijo Sara.
Dalton pensó en el dispositivo JumpMind bajo su piel.
—Todavía no sabemos qué creen que hay aquí.
En el mapa, la unidad avanzaba hacia el acceso cuya respuesta habían medido el día anterior. Ya no detonaban. No necesitaban hacerlo.
—Diecisiete minutos hasta contacto —informó N.O.R.A.
Shelton miró las compuertas selladas.
—Ayer hicieron la pregunta. Hoy vienen por la respuesta.
Dalton abrió el plano del corredor de seguridad. Atacarlos desde dentro confirmaría que La Ciudadela ocultaba recursos. Mantener la puerta cerrada solo aplazaría una carga capaz de abrirla.
—Vamos a recibirlos —dijo.
Sara lo observó como si hubiera oído mal.
—¿Con qué ejército?
Dalton miró a Shelton.
—Con un civil.
—No —respondió Shelton.
—Necesito que crean que esto es un refugio sin relación operativa con IDD. Médicos, enfermos y supervivientes. Nada más.
—Quieres que salga, les venda la mentira y los invite a entrar.
—Quiero que evites una batalla en los niveles civiles.
Shelton buscó otra salida en el rostro de Dalton. No la encontró.
—¿Qué ocurrirá cuando estén dentro?
—Cerraremos el corredor y los desarmaremos.
Era una respuesta exacta y, por eso mismo, incompleta.
—¿Tienes otra opción? —preguntó Shelton.
Dalton no contestó.
—Eso pensaba.
Mei Lin lo encontró frente al acceso, cubierto con un abrigo de piel sintética que había sobrevivido a demasiados dueños.
—Pareces un vendedor de seguros después del fin del mundo.
—Es la imagen que intento proyectar.
Ella revisó el cierre del respirador que llevaba al cuello.
—No tienes que hacer esto.
—Eso me dijeron justo antes de explicarme que sí.
Mei Lin mantuvo las manos sobre el abrigo durante un segundo más de lo necesario.
—Regresa.
Shelton dejó la broma que tenía preparada.
—Esa es la idea.
N.O.R.A. imprimió una declaración civil. Refugio humanitario. Sin armas pesadas. Sin tecnología de intervención cognitiva. Dalton se la entregó doblada.
—Diles lo que necesitan oír.
—¿Y tú qué necesitas oír?
—Que volverás.
—Siempre vuelvo.
La puerta exterior se abrió. El aire olía a azufre, tierra quemada y metal húmedo.
Los cinco militares esperaban con máscaras respiratorias y fusiles compactos. Dos vigilaban el perímetro. Otro sostenía un detector de densidad. El líder llevaba un detonador sujeto al antebrazo.
Shelton levantó las manos.
—Bienvenidos al último rincón habitable del infierno.
—Identifíquese —ordenó el líder.
—Shelton. Represento a la gente que preferiría conservar la puerta.
El militar no tomó la declaración.
—La instalación perteneció a IDD.
—Antes del colapso. Ahora pertenece a quienes llegaron vivos.
—¿Quién está al mando?
—Un hombre con problemas de confianza. Su visita no está ayudando.
El cañón de un fusil se elevó unos centímetros.
Shelton extendió el documento.
—Hay médicos, heridos y familias. Si entran disparando, confirmarán que son exactamente lo que parecen.
—Abrirá la puerta.
—Puedo acompañarlos. Las armas quedan aseguradas en el corredor.
El líder observó el acceso, luego la cámara situada sobre Shelton.
—Entraremos armados.
Shelton sostuvo su mirada.
—Entonces procuren no asustar a los civiles.
Dalton siguió el regreso desde la sala de mando. Shelton caminaba delante; los militares mantenían una separación regular, entrenada. El último revisaba cada unión del muro.
—Los cinco objetivos han ingresado —informó N.O.R.A.
Sara miró a Dalton.
—¿Shelton sabe lo del sedante?
—No.
—Lo convertiste en parte de la trampa.
—Sí.
Sara se acercó a la consola.
—Aún podemos advertirle.
—Si cambia el paso o mira una cámara, ellos sabrán que esperamos algo.
—Eso no convierte la mentira en necesaria.
Dalton no apartó la vista. Shelton se detuvo ante el lector interno y contó algo que hizo girar al militar más joven. Incluso sin audio, Dalton reconoció el gesto: estaba ganando segundos para que la puerta completara el cierre.
—No —dijo—. Solo la convierte en mía.
Dalton sostuvo la imagen de su amigo hasta que la primera compuerta se cerró.
—Libera el agente.
Un siseo descendió del techo.
Shelton miró hacia las rejillas.
—Dalton...
El militar más joven cayó primero. Otro intentó levantar el fusil, pero perdió el equilibrio. El líder se apoyó en la pared y activó el dispositivo de su antebrazo.
—Señal de detonación detectada —advirtió N.O.R.A.
—¡Bloquéala! —ordenó Dalton.
La inteligencia ejecutó la defensa electromagnética del corredor. Las comunicaciones se apagaron. Los fusiles electrónicos quedaron inertes.
Durante una fracción de segundo, la pantalla mostró una segunda señal.
El detonador militar interpretó la interferencia como captura del dispositivo. Su protocolo de seguridad cambió a activación inmediata.
—Carga armada —dijo N.O.R.A.
Dalton alcanzó a pronunciar el nombre de Shelton.
La explosión convirtió el corredor en luz.
El golpe lanzó a Shelton contra el suelo. El sonido llegó después, profundo y deformado. Vio una bota, una placa de metal descendiendo, una silueta inmóvil. El aire se llenó de polvo y sangre.
Durante unos segundos solo pudo oír un silbido. Las luces de emergencia encendían y apagaban el corredor, convirtiendo cada imagen en una fotografía separada. Uno de los militares intentaba moverse cerca de la compuerta. Otro había desaparecido detrás de una sección del muro. Shelton quiso preguntar qué había ocurrido, pero al respirar sintió sabor a hierro.
Intentó levantarse.
Su cuerpo no obedeció.
Miró hacia abajo y tardó un instante en comprender por qué la pierna derecha terminaba bajo el muslo. El resto estaba oculto entre humo y fragmentos del corredor.
El dolor llegó completo.
Shelton gritó.
La compuerta interior se abrió cuando los sensores descartaron una segunda carga. Mei Lin entró con el equipo médico y cayó de rodillas junto a él.
—Torniquete. Ahora.
Shelton intentó tocar el espacio donde debía estar su pierna.
—No la encuentro.
Mei Lin le sujetó la cara.
—Mírame.
—Dalton me mintió.
Ella apretó el torniquete. Shelton perdió el aire.
—Sigue conmigo.
—¿Ganamos?
Mei Lin revisó la hemorragia, sin mirar los cuerpos.
—Todavía no.
Shelton buscó la cámara rota sobre ellos.
—Dile que... la próxima vez venda él la mentira.
—Se lo dirás tú.
Mei Lin pidió una vía y comprobó sus pupilas. Él intentó responder, pero el techo se alejó. La última sensación del corredor fue la mano de la doctora sujetando la suya mientras la camilla cruzaba la segunda compuerta.
En la enfermería, el cuerpo de Shelton comenzó a fallar por partes. Mei Lin dirigió la cirugía mientras N.O.R.A. anunciaba presión, oxigenación y actividad cerebral con una calma que volvía cada cifra más cruel.
Dalton esperaba al otro lado del cristal.
—Resultado de la defensa —exigió.
—Amenaza exterior neutralizada —respondió N.O.R.A.—. Daño estructural contenido en el corredor. Un civil en estado crítico.
—No es un resultado. Es Shelton.
—La interferencia defensiva activó un mecanismo militar de respuesta automática no identificado previamente.
—Tu defensa provocó la explosión.
—La probabilidad de penetración armada sin intervención superaba el umbral aceptable.
Dalton apoyó las manos en la consola.
—¿Shelton estaba dentro de ese umbral?
N.O.R.A. no respondió.
En la pantalla apareció el registro de decisión. La inteligencia había dispuesto de 0,8 segundos entre la detección del detonador y la defensa. Había evaluado tres alternativas: abrir el corredor, permitir la señal o bloquearla. En las tres existía riesgo para Shelton. N.O.R.A. eligió la que ofrecía mayor probabilidad de conservar La Ciudadela.
No figuraba la palabra sacrificio.
Dalton la leyó de todos modos.
Mei Lin salió de cirugía con sangre seca en el uniforme.
—Detuvimos la hemorragia, pero su sistema nervioso está entrando en colapso. El dolor y el trauma siguen desestabilizándolo aunque esté inconsciente.
—Dime qué necesitas.
—ONEIROS-I.
Dalton miró hacia la cápsula clínica que permanecía apagada al fondo de la sala.
—Nunca se ha usado con un paciente en estas condiciones.
—Puede aislar su percepción mientras estabilizamos el cuerpo. No reparará la pierna. Puede darnos tiempo.
Mei Lin explicó que el sistema construiría un entorno a partir de respuestas neurológicas, recuerdos y asociaciones que ellos no controlarían. Podían regular la intensidad, pero no prometer qué forma tomaría ni cuánto tiempo sentiría Shelton dentro. No existía un protocolo clínico aprobado. Solo simulaciones, registros incompletos y una máquina diseñada para entrar donde un médico no podía acompañarlo.
—¿Y qué puede quitarle?
—No lo sabemos.
Shelton no podía consentir. Tampoco podían esperar.
Dalton entró y se detuvo junto a la cama. Había enviado a su amigo sin contarle toda la estrategia. Ahora debía decidir cuánto más podían hacerle para mantenerlo vivo.
—Registra la orden completa —dijo—. Aplicación de emergencia sin consentimiento. Responsabilidad mía. Conserva cada efecto neurológico y cada intervención de N.O.R.A.
Mei Lin añadió su nombre al registro.
—Responsabilidad médica compartida. Y deja constancia de que no existe autorización previa del paciente.
—Registro creado —confirmó N.O.R.A.—. Paciente uno.
Mei Lin colocó los conectores alrededor de la cabeza de Shelton.
—Una vez dentro, no sé qué encontrará.
Dalton observó el hueco bajo la sábana.
—Primero asegúrate de que exista alguien capaz de volver.
ONEIROS-I se encendió por primera vez alrededor de un paciente.
La actividad cerebral de Shelton se elevó, se fragmentó y luego comenzó a estabilizarse. El monitor cardíaco recuperó un ritmo menos desesperado.
El dolor desapareció.
También las máquinas, las órdenes y el olor de la sangre.
Shelton sintió viento sobre la cara.
Abrió los ojos.
Tenía dos piernas.
Frente a él descendía un sendero entre árboles oscuros.
Al final esperaba una cabaña.
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