Capítulo 11 // Proyecto JumpMind

Capítulo 11
El umbral de la singularidad

23 de febrero de 2026 | 23:30 horas

Sala de Conferencias Médicas y Acceso a Quirófano Gamma (Nivel 14) | La Ciudadela

CAPÍTULO 11

El cristal blindado devolvía el reflejo cansado de tres médicos. Al otro lado, el Quirófano Gamma esperaba helado, a diecisiete grados, la temperatura exacta que los brazos robóticos necesitaban para no temblar ni un milímetro.

En las dos camillas centrales, separados por poco menos de dos metros, estaban Elias y Sia Varek. Desde arriba no parecían dos personas rescatadas de una jaula. Parecían dos figuras de yeso esperando a que alguien decidiera qué hacer con ellas.

Mei Lin Shao deslizó el dedo sobre su tableta. Una gráfica verde subió a la pantalla.

—Están limpios —dijo—. Sacamos de su cuerpo casi todo lo que les metieron para mantenerlos dóciles. Están hidratados, estables, y su corazón puede aguantar la conexión sin fallar. Físicamente, están mejor de lo que han estado en tres meses.

Kovic no apartó los ojos del holograma.

—El problema nunca fue lo que tienen en la sangre, Mei Lin. El problema es de dónde sacamos la energía para conectarlos. Los ingenieros del Nivel 4 querían usar baterías potentes, de las que se usan para mover motores en la superficie. Dalton ya dijo que no, al mediodía, y tenía razón: eso calienta el cerebro por dentro, poco a poco, como cocinar algo a fuego lento. Vamos a usar la energía de las turbinas del mar en su lugar. Es más fría, más lenta, y no rompe nada.

—¿Y para que no despierten en medio de todo esto? —preguntó Aristhéne.

Mei Lin levantó una jeringa pequeña.

—Nada de sedantes comunes. Esos, con el tiempo que va a durar esto, los dejarían dañados. Vamos a usar un gas especial junto con un calmante suave, y N.O.R.A. va a ir ajustando la dosis en tiempo real, mejor de lo que podría hacerlo cualquier persona despierta a esta hora.

—¿Y el embarazo? —preguntó Aristhéne.

—Protegido aparte. Le puse una membrana que aísla el vientre de Sia del resto del estrés del cuerpo, y le estoy dando lo que la niña necesita para seguir creciendo sin obligar al cuerpo de su madre a hacer un trabajo que no puede hacer estando así. La probabilidad de que sobreviva subió. Sigue siendo poco. Pero subió.

Kovic exhaló despacio, empañando el cristal.

—Si esto funciona, Aristhéne... si logramos que dos mentes tan rotas acepten la conexión sin quemarse, no vamos a haber construido solo una sala de descanso. Vamos a tener dos cerebros funcionando aquí abajo, capaces de ayudar a resolver problemas de La Ciudadela mientras duermen. Filtrado de agua. Cosechas. Cálculos que a N.O.R.A. le cuestan tiempo.

—No —cortó Mei Lin, con la voz fría por primera vez esa noche—. No son piezas de repuesto, Julian. Son dos personas a las que estamos intentando salvar del suicidio. El día que empecemos a mirarlos como herramientas para ahorrarnos trabajo, no vamos a ser mejores que quienes los encerraron.

Nadie respondió.

La puerta se abrió con un silbido.

Entró Vane primero, con el fusil cruzado al pecho. Detrás, Dalton. Shelton se quedó en el marco, apoyado en el bastón, dejando que el golpe seco de su prótesis contra el suelo anunciara que también estaba ahí. JumpCat entró pegado a su pierna, con las orejas hacia arriba, atento a algo que solo él podía oír.

Dalton apoyó las manos en la consola.

—N.O.R.A. Muéstranos el plan, en orden, sin adornos.

La pantalla proyectó una lista simple:

1. LIMPIAR LOS RESTOS QUÍMICOS DEL CUERPO — YA HECHO.
2. NO USAR BATERÍAS DE ALTO RIESGO — DESCARTADO.
3. PROTEGER EL EMBARAZO DE SIA CON UNA BARRERA APARTE.
4. DARLE AL BEBÉ LO QUE NECESITA PARA SEGUIR CRECIENDO.
5. CONECTAR LOS HILOS AL CEREBRO CON PRECISIÓN MILIMÉTRICA.
6. TENER UN CORTE DE EMERGENCIA LISTO EN TODO MOMENTO.
7. AISLAR SU MENTE EN UN LUGAR SEGURO MIENTRAS EL CUERPO SANA.
8. QUE N.O.R.A. SUPERVISE TODO EN TIEMPO REAL.
9. MANTENER EL PULSO DEL EMBARAZO COMO PRIORIDAD ABSOLUTA.

Shelton leyó la lista con los ojos entrecerrados.

—¿Seis horas de esto?

—Seis horas conectando a los dos al mismo tiempo —respondió Aristhéne—. A las seis de la mañana, si sale bien, ya deberían estar dentro, a salvo.

Shelton dio un paso adelante. El metal de su tobillo crujió.

—Leithon decía que cuando los médicos empezaban a hablar así, en listas, con mayúsculas, era porque ya habían decidido quién no iba a volver a casa.

Nadie respiró un segundo.

Dalton no bajó la mirada. Se acercó a menos de un paso de Shelton.

—Esto no es el Pabellón Trece, Shelton. Y Aristhéne no es de IDD. Si no entran esta noche, las convulsiones los van a matar antes del almuerzo. No estamos eligiendo entre esto y algo mejor. Estamos eligiendo entre esto y verlos morir ahogados.

Shelton sostuvo la mirada.

—Registra la orden, Comandante. Pero si uno de esos brazos tiembla y les borra lo que les queda de personas, no me pidas que vuelva a buscar sobrevivientes ahí afuera. No tiene sentido decir que los monstruos están afuera si aquí adentro los dormimos con anestesia.

Dalton se giró hacia la terminal.

—N.O.R.A. Autorizado. Cierra el Nivel 14. Nadie entra ni sale hasta que estén dentro de la inmersión.

—Instrucción registrada —respondió la máquina—. Conexión con las turbinas al cien por ciento.

Las compuertas del fondo se abrieron con un gemido y se tragaron las dos camillas.

Dalton, Shelton y Mei Lin se quedaron mirando cómo los brazos de titanio bajaban desde el techo como arañas, alineándose sobre las cabezas de los hermanos.

Ahí empezaron las seis horas más largas de la noche.

Pasaron veinte minutos antes de que Dalton notara lo que tenía enfrente hacía rato.

Kovic se quitó las gafas y se frotó los ojos con los nudillos, más lento que antes.

—Kovic. ¿Cuánto llevas despierto?

—Lo suficiente para hacer bien mi trabajo, Comandante.

—Esa no era la pregunta.

Kovic no respondió. Eso fue suficiente.

—Un médico agotado toma decisiones que uno descansado no tomaría —dijo Dalton—. N.O.R.A., ¿hay alguien que pueda cubrirlo unas horas?

—Puedo supervisar directamente si se retira, Comandante.

—No pienso irme a media cirugía —dijo Kovic.

—No te lo estoy preguntando. Hay algo suave en la enfermería si hace falta. Duermes tres horas y vuelves entero. O te derrumbas ahora, sobre la mesa.

—No hace falta llegar a un sedante —dijo Mei Lin—. A veces basta con comer algo caliente, una copa de vino y algo de música que baje las revoluciones.

—Lo que sea —dijo Shelton desde el fondo—, menos heavy metal.

—Eso no lo decides tú —cortó Dalton—. Depende del doctor.

Kovic sonrió, cansado, por primera vez en horas.

—Resulta que sí me relaja, Comandante. Punk rock. Rápido, sucio, sin pedir permiso. Me despeja en vez de llenarme más la cabeza.

—Un científico de gafas finas que se relaja rompiendo cosas con la mente —dijo Shelton—. El mundo sigue sorprendiendo.

—Ya tengo algo preparado en su habitación, doctor —dijo N.O.R.A.—. Treinta minutos deberían bastar.

Kovic se apartó del cristal, agradecido.

Dalton recorrió la sala con la mirada.

—¿Quién más necesita retirarse y volver después?

Silencio.

—Bien. Ya que nadie decide, decido yo. —Miró a Mei Lin—. Tú te quedas con ellos. No confío en que nadie más note un cambio en esos monitores antes que tú.

—No pensaba moverme de aquí de todos modos —dijo Mei Lin.

Dalton asintió y se giró hacia Shelton.

—Tú vienes conmigo. Vamos a comer algo mientras esperamos. Llévate al gato de todos modos, no parece dispuesto a soltarte.

—Genial —dijo Shelton—. Ahora soy niñero de mascotas y acompañante de cena del Comandante.

—¿Esto es una cita, Dalton? —preguntó Mei Lin, sin levantar la vista de la tableta.

—Es la única manera de que él coma algo sin quejarse todo el camino —respondió Dalton—. Avísame si algo cambia aquí adentro.

—Lo primero que va a cambiar aquí adentro va a ser mi paciencia si siguen hablando en vez de irse.

Dalton y Shelton salieron por el corredor, con JumpCat pegado a la pernera de titanio.

El sector de comida quedaba a dos pasillos, justo al lado de la zona comunitaria que nunca se quedaba en silencio. Ahí rotaban cuatro grupos, por turnos, para que ese rincón del búnker tuviera siempre algo de música de fondo, sin importar la hora. Esa noche le tocaba a Virginia James y Min Taka, el chelo y la guitarra de siempre, con dos músicos más que Shelton todavía no conocía por nombre. La música les llegó apagada, filtrada por la pared, justo lo suficiente para acompañar sin exigir atención.

N.O.R.A. les tenía preparados dos tazones de su receta nueva: sopa de alga con sabor a pollo.

—Suena a mentira piadosa con forma de sopa —dijo Shelton, probando una cucharada.

—Es mejor de lo que suena —respondió N.O.R.A. desde el altavoz del techo.

Dalton puso sobre la mesa una bombilla pequeña, con forma de vela, comprada hacía semanas en el mercado negro y nunca usada.

—El mercado negro sirve para más que armas y comida —dijo, encendiéndola—. Mei Lin encontró ahí objetos de los setenta y los ochenta. Suficiente para que una habitación deje de sentirse como una celda.

—Los JumpCredits ya no son solo una forma de llevar la cuenta —añadió, después de un momento—. La gente compra, vende, decora, cocina cosas nuevas. Empezamos con un refugio. Ahora tenemos algo parecido a una ciudad.

Shelton removió la sopa, pensativo.

—¿Sabes lo que extraño de antes? No la comida ni la calle. Extraño no saber si el dinero de mañana iba a valer lo mismo que el de hoy. La inflación, la incertidumbre de fin de mes. Era horrible. Pero tenía un sabor que esto no tiene. Aquí todo está tan ordenado que a veces se me olvida que seguimos vivos, no solo administrados.

La música de Virginia se coló otra vez por la pared, más fuerte en el estribillo.

Shelton levantó la cuchara, como brindando con ella.

—¿Sabes qué tema le falta a esa zona? Traumas familiares. Con toda la gente que hay aquí abajo, va a estar de moda esta temporada. Podrían dedicarle una noche entera.

Lo dijo en broma. Dalton no lo tomó como tal.

—En realidad, eso es importante —dijo—. Saber qué le pasó a las familias de la gente que vive aquí no es un chiste, Shelton. Es información que nos falta. Quiero que sea parte de lo que investiguemos en la próxima salida al exterior.

Shelton dejó de sonreír a medias.

—¿Hablas en serio?

—Completamente. Si hay más gente como tu hermano ahí afuera, en algún registro, en algún pabellón, quiero saberlo antes de que sea demasiado tarde para hacer algo con esa información.

Shelton no respondió enseguida. Se quedó mirando la llama falsa de la bombilla, mientras el chelo de Virginia sostenía una nota larga al otro lado de la pared.

—Organicen los turnos —dijo Dalton finalmente, hacia el intercomunicador—. Nadie descuida a los pacientes.

—Ya empecé a preparar el siguiente proceso —respondió Aristhéne, desde el Nivel 14.

Detrás del cristal, seis pisos más arriba de donde Dalton y Shelton terminaban su sopa, los brazos de titanio seguían su trabajo, milimétrico, silencioso, sobre dos personas que todavía no sabían que alguien, ahí afuera, ya había decidido ir a buscar la verdad sobre lo que les quedaba de familia.

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