CAPÍTULO 10
El laboratorio olía a metal frío y a mar encerrado. A quinientos metros de profundidad no existía la noche, pero el cuerpo la sentía igual: el aire bajaba de temperatura y las paredes de acero empezaban a doler un poco más al tocarlas.
Sobre una mesa flotaba una imagen de luz: una red de hilos turquesa que latía despacio, como una telaraña respirando. Era ONEIROS-I. La máquina que mantenía dormidos, y a salvo, a Elias y Sia Varek.
Dalton bajó al Nivel 14 sin avisar. Nadie lo detuvo. Después de lo que había hecho con Shelton en la puerta, no pensaba volver a firmar una decisión que no entendiera del todo.
El doctor Julian Kovic se quitó las gafas y se frotó los ojos. Llevaba treinta horas sin dormir.
—Comandante —dijo, sorprendido—. No lo esperábamos aquí.
—Nadie me espera nunca en ningún lado. Explíquenme qué están haciendo con esos dos muchachos.
Kovic miró a la doctora Aristhéne Varkas. Ella siguió ajustando la consola sin levantar la vista.
—Estamos viendo una señal que no me gusta —dijo Kovic, señalando un pico irregular en la luz—. Se lo explico simple, Comandante: antes del colapso, en 2025, había máquinas en la superficie que intentaban meterle a la mente humana un ritmo que no era el suyo. Un compás de reloj, artificial, impuesto desde afuera. Todas terminaron igual: rompieron a la gente que las usaba. El cerebro no perdona que le fuercen un ritmo que no es el propio.
—¿Y eso es lo que le están haciendo a Sia?
—Es lo que estamos tratando de evitar que le pase. Si la máquina se desincroniza de su propio pulso, aunque sea por una fracción de segundo, le quemamos el cerebro por dentro. No es un videojuego, Dalton. Es un cable metido en carne viva.
Dalton no dijo nada. Miró la telaraña de luz.
—Por eso no usamos generadores comunes —intervino Aristhéne—. Usamos la energía del mar. Las turbinas de afuera, las que se mueven con las olas. El océano no tiene un ritmo fijo: sube, baja, se retrasa, se adelanta. Es lo más parecido a un pulso vivo que tenemos. N.O.R.A. deja que ese vaivén marque el ritmo de la máquina, en vez de forzar un reloj de fábrica. Es más lento. Pero no rompe nada.
—¡Es una locura de todos modos! —Mei Lin Shao entró casi gritando, con una tableta apretada contra el pecho—. Aristhéne, deja la poesía del mar por un segundo. Hay implantes de IDD circulando afuera que prometían lo mismo: un paraíso sin dolor. La gente que los usó quedó vacía. Catatónica. Porque un cerebro que vive sin dolor, sin frío, sin hambre, deja de producir por sí mismo las sustancias que lo mantienen despierto por dentro. Si algún día despertamos a Sia y a Elias, una luz demasiado fuerte o un suelo demasiado frío podría matarlos del shock.
Dalton la miró.
—¿Me estás diciendo que salvarlos ahora puede matarlos después?
—Te estoy diciendo que no hay ninguna opción segura, Comandante. Solo opciones distintas de peligro.
Kovic asintió, más bajo.
—Y hay otro riesgo. El cuerpo de Sia podría confundir todo lo que le estamos metiendo con una infección. Su propio sistema de defensa podría atacar su cerebro pensando que lo protege. Estaríamos salvándola del secuestro solo para perderla por dentro.
—Para eso existe el Guardián D2 —cortó Aristhéne—. Es un seguro. Si algo se sale de control, la máquina corta la energía sola, antes de que llegue a dañar nada. No es una puerta abierta, Dalton. Es una diálisis: filtra lo malo antes de que llegue demasiado lejos.
Mei Lin bajó la voz. Miró hacia la cámara donde dormía Sia, donde una pequeña luz verde marcaba, débil, el latido de algo del tamaño de una semilla.
—¿Y la niña? —preguntó—. Si Sia cree que está a salvo en un jardín inventado, ¿qué le está enseñando eso a lo que lleva dentro? ¿Va a nacer creyendo que el mundo es una mentira de luces?
Nadie respondió de inmediato.
—Afuera, ese embarazo no duraría ni tres días —dijo Aristhéne, esta vez sin frialdad—. Aquí, al menos, va a crecer dentro del cuerpo de una madre que cree que el cielo sigue siendo azul. Es mentira. Pero es una mentira que mantiene un latido.
Dalton respiró hondo.
—N.O.R.A. —dijo—. Dame algo bueno.
La voz de la máquina llegó tranquila, sin apuro.
—Los signos de Sia son estables. El embrión mejora. Pero debo informar algo más, Comandante: el registro de Shelton sigue generando fricción en mis archivos.
—¿Qué fricción?
—Insiste en relacionar la pulsera hallada en el exterior con traslados psiquiátricos anteriores a la evacuación. Solicita el expediente del personal médico de ese convoy.
Mei Lin apretó la mandíbula.
—Le diste acceso a la consola anoche, Dalton. No podemos borrarle a su hermano de la cabeza ahora.
—No pienso hacerlo —dijo Dalton—. Se lo prometí. Buscamos al fugitivo.
Kovic caminó hasta un panel y puso el pulgar sobre un interruptor manual.
—Voy a dejar esto conectado a mi propia terminal —dijo—. Si veo una sola señal de que algo se está saliendo de control, corto la corriente yo mismo, con esta mano. No voy a dejar que estos dos muchachos terminen siendo piezas de esta máquina en vez de personas.
Dalton lo miró de otra manera.
—¿Por qué le importa tanto?
Kovic tardó en responder.
—Porque yo trabajé en esos sistemas antes del colapso, Comandante. Los de la superficie. Vi lo que le hacían a la gente cuando alguien decidía que el ritmo de una máquina importaba más que el de una persona. No pienso repetirlo aquí abajo, con el mar como excusa en vez del silicio.
Dalton no respondió. Solo asintió, una vez.
—Preparen todo —dijo Aristhéne—. Xenón y el sedante. N.O.R.A., empieza el anclaje. Que el mar los duerma.
Los brazos del equipo médico bajaron despacio hacia las dos camillas. Dalton se quedó junto al cristal.
Fue entonces cuando lo vio: en el monitor, los dos latidos —el de Elias y el de Sia— se acercaron uno al otro en la pantalla hasta volverse casi uno solo. Un pulso doble, sincronizado, pese a todo lo que les habían hecho para separarlos de sí mismos.
—¿Eso es normal? —preguntó Dalton.
—No —dijo Mei Lin—. Después de semanas de tortura, de sedantes, de daño real en los nervios que conectan sus pensamientos... nada de esto debería seguir funcionando. Pero cuando las camillas están cerca, sus corazones se buscan solos. Es lo único que la química no logró romper. Quién eran el uno para el otro.
Dalton se quedó mirando esa línea doble en la pantalla, mucho después de que Mei Lin dejara de hablar.
En un rincón de la pantalla, una frase apareció y se apagó tan rápido que solo Mei Lin la vio:
VÍNCULO SANGRE-MEMORIA P-5391 EN PROCESO
No dijo nada. Afuera, el mar golpeaba los cimientos de La Ciudadela, con la terquedad de un corazón que no sabe cómo detenerse.
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