ARCHIVO GRATUITO 001
El aire en la sala de reuniones se masticaba. Era un cóctel de ozono ionizado y el aroma metálico, casi dulce, del miedo. Sobre la mesa de grafito, el mapa holográfico de N.O.R.A. proyectaba una luz azul violácea.
Dalton mandó llamar a Shelton. El Barón del Comercio llegó envuelto en su abrigo de piel sintética, oliendo a tabaco viejo. —Llevarás esta carta —le dijo Dante, poniendo una mano en su hombro—. Solo diles lo que quieren oír: que somos civiles asustados tras una puerta oxidada. Tu verdad será nuestro escudo.
Shelton salió al exterior. El mundo olía a azufre y lluvia ácida. Frente a los cinco militares de élite, fingió su mejor sonrisa de vendedor de seguros: "¡Bienvenidos al último rincón habitable del infierno!".
Los militares entraron, pero N.O.R.A. no juega limpio. El pasillo se inundó con el sedante neurotóxico de Abigail. Pero en su último suspiro, el líder enemigo presionó el detonador.
BOOM.
La explosión sacudió La Ciudadela hasta su médula. Cuando el humo de caucho fundido y hierro al rojo vivo se disipó, Dalton encontró a Shelton. Su pierna derecha ya no estaba; en su lugar, un muñón humeante se mezclaba con el acero del suelo.
—Ganamos... ¿verdad? —susurró Shelton antes de desmayarse.
Dalton se levantó, con las manos bañadas en la sangre caliente de su amigo. En ese momento, en la pantalla de control principal del Nivel 14, un código de 8 dígitos apareció parpadeando, recuperado de la terminal de uno de los militares infiltrados:
[ 7 4 9 2 0 1 8 5 ]
N.O.R.A. (V.O.): "La victoria no se mide en metros ganados, sino en el peso del sacrificio. Shelton ha pagado su entrada al mañana."
El cielo no tiene las cicatrices de azufre del mundo real. Aquí, el aire es tan limpio que duele al respirarlo, una pureza que Shelton inhala como si fuera el primer oxígeno de su vida. El camino bajo sus pies es firme; siente el crujido de la grava y, por encima de todo, siente el peso bendito de sus dos piernas avanzando en una perfecta sincronía rítmica.
La cabaña lo espera. Es una estructura de troncos oscuros que emerge del paisaje como si siempre hubiera estado allí, guardando sus secretos en un silencio absoluto. No hay pájaros, no hay viento. Solo la presencia física de la madera.
Shelton extiende la mano. Sus dedos tiemblan antes de rozar la puerta. En el marco interior, casi tragada por la veta oscura, descubre una inscripción tallada con una precisión imposible: 13 de febrero de 2026. No parece una firma. Parece una advertencia. Al contacto, el olor lo golpea: es una mezcla de resina antigua, pino y sol acumulado durante décadas. La madera está tibia. El roce es tan real que Shelton olvida las luces blancas, olvida el zumbido de los oídos, olvida el miedo. Empuja. La puerta cede con un quejido lento, casi un suspiro de bienvenida.
Al entrar, la penumbra de la sala lo envuelve. El aire huele a hogar, a un pasado que no puede nombrar pero que reconoce en las entrañas. Sus ojos se fijan en la silla.
Es una pieza de arte macabra y hermosa. Las patas no son simples soportes; son figuras humanas labradas con una precisión quirúrgica, rostros que parecen gritar o rezar bajo el peso del asiento. El carpintero no usó herramientas, usó obsesión. Shelton se acerca, arrastrando los dedos por las tallas de madera, sintiendo las curvas de los músculos tallados, tan similares a los suyos.
De pronto, un chasquido rompe el silencio.
La chimenea se enciende sola. Una lengua de fuego naranja danza en el hogar, proyectando sombras largas que hacen que las figuras de la silla parezcan moverse. El calor lo abraza. Shelton se deja caer.
El cuero de la silla cruje bajo su peso, abrazando su columna como una armadura suave. Es la comodidad absoluta. Estira las piernas hacia el fuego y observa sus botas. Están ahí. Dos pies. Diez dedos que responden a su voluntad. El dolor ha desaparecido, reemplazado por un hormigueo sedante que sube desde sus tobillos hasta su cadera.
“Si esto es un sueño, no quiero despertar nunca”, piensa, mientras el sueño dentro del sueño lo arrastra.
Pero entonces, el fuego hace algo extraño. Las chispas no saltan hacia afuera; se quedan suspendidas en el aire, formando patrones geométricos que Shelton no comprende. Durante un segundo, los puntos de luz dejan de parecer chispas. Se alinean en una secuencia breve, casi escrita en el aire: OVRAIRAVQB NY WHRTB, RAPHRAGEN RY PBEERB.
Shelton parpadea. Las letras se rompen antes de que pueda leerlas de nuevo. El sonido de la leña crujiendo empieza rítmicamente... clic... clic... clic... como el goteo de un suero en un hospital.
Shelton cierra los ojos, entregándose al calor del cuero, ignorando que, en el mundo de arriba, su muñón está empezando a aceptar el primer tornillo de titanio.
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